Llevo tres días desconectada de todo mundo virtual -y emocional- y, aunque al principio fue algo difícil y la pena me invade de sorpresa en intervalos de diez minutos, creo que podría acostumbrarme a esto. Por lo menos, por unas tres semanas. Tres semanas. Es todo lo que necesito para poner mis asuntos en orden y continuar con mi vida, si claro.
Realmente comienzo a creer que soy capaz de hacerlo. Yo puedo mantener esta situación. Es curioso, pues todo este tema del enclaustramiento comenzó porque ya no creía que podía hacer nada. Me sentía inútil. Sentía, y siento, que sobro. Que ya no encajo. Simplemente... ya no soy parte de este mundo. Ni de ningún otro.
Es increíble, solo han pasado tres días pero siento que han sido tres milenios. Es como si no hubiera visto a nadie en siglos. Los extraño muchísimo a todos. Lo único que anhelo es volver y verlos con una sonrisa sincera en el rostro y la felicidad que tanto busco y tanto se me ha negado. Pero no puedo, no ahora. Pronto. Pronto.
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