martes, 13 de mayo de 2014

Nada

Ando nada. Pero nada, nada. Es como si tuviera 16 otra vez y no le diera importancia a mi alrededor, ni siquiera a mi misma. Como si todo se hubiera desvanecido. Los problemas, disueltos, escondidos. Lejos.

Recuerdo -o tal vez no- haberme sentido así antes. Sin remordimientos o preocupaciones. Sin pensar en las personas que quiero, las que me hieren, las que amo, extraño, espero. Es un sentimiento bastante agradable. Pero lamentablemente momentáneo. Y me atrevería a decir que la felicidad dura tanto como el orgasmo, mm.

El mundo se me desmorona cada cinco minutos. Se reconstruye y vuelve a ceder, una, y otra, y otra vez. Es como un círculo vicioso, un repugnante y monótono círculo vicioso. Todos los días, a cada momento. Cede, se cae y vuelve a levantarse.

No comprendo mi inestabilidad tan... inestable. -Tampoco me esfuerzo por hacerlo-. Todos los días son un desafío para mi mente. Colapsa, se contrae, se llena de paranoia. Eso, por sobretodo, es lo peor. Mi paranoia. Se vuelve cada vez más incontrolable. Siento como si ya no fuera dueña de ella, como si tuviera vida propia y actuara por sus propios impulsos. Esclavizo mi mente tratando de aprisionarla, pero por supuesto, como todo lo demás, es más fuerte que yo y me domina. Muchas veces me sorprendo de los niveles que alcanzo. Las ideas que imagino. El hecho de no sentir ninguna culpa en caso de cometer lo que ella me grita. Ninguna culpa.

Siempre creo que debo cuidarme de todos, pero poco a poco descubro que de quien más debo resguardarme, es de mi.

No estaba tan nada después de todo, mmmm.

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