jueves, 5 de febrero de 2015

Mientras iba en la micro recordaba flashbacks de las veces anteriores que había estado en esa casa. Gastón y yo jugando en la Xbox. Gastón y yo viendo una película. Acurrucados en su cama. Teniendo sexo en la pieza de sus padres, solo porque la casa estaba vacía. Solo porque sí.

Cerré los ojos y fue inevitable acercarme cada vez más a todos los momentos en que él y yo habíamos estado juntos en aquel lugar. Recorrimos la casa entera: su pieza, el sillón, la mesa de la cocina. Porque estábamos solos. Porque podíamos.

Me bajé de la micro con cierta incertidumbre y cierto terror. Caminé esas calles ya más que conocidas por mi subconsciente y me paré frente a la puerta de entrada, sin saber por qué chucha estaba ahí, que estaba haciendo en ese lugar. Gastón ya no me quería ahí. Hace rato.

Se formó un nudo en mi garganta y ahogué un sollozo. Miré hacia el cielo intentando ahuyentar las lágrimas que luchaban hace tanto tiempo por salir, pero una de ellas logró escaparse de todas formas. No quería estar ahí. No con Diego.

Estuve unos minutos debatiendome si entraba o no a ese baúl de recuerdos, cuando el sonido de mi celular me sacó de todo pensamiento.

-¿A...aló?- contesté indecisa.
-Cata, ¿dónde estás?-
-Eh... acá, acá afuera.-
-¿Y por qué no me avisaste antes?-
-Eh... no tengo plata en el celular.-

Diego cortó y me abrió la puerta. Se abalanzó sobre mi y unió sus labios a los míos con prisa, tomándome totalmente por sorpresa. Le correspondí algo fría. Él notó la distancia.

-Oye, tranquila. Estoy solo. El Gastón no está.-

Debo reconocer que esa frase me tranquilizó un poco. Obviamente no estaba preparada para verlo otra vez. Menos si Amanda estaba con él.

Sonreí sin ganas y entramos.

-Me tenías muy preocupado, Cata. Como no respondías mis mensajes ni me llamabas, pensé que te había pasado algo malo.-
-Estaba ocupada, ya te dije.- Me tiré en su cama y cerré los ojos, en un  intento por dormir bastante tonto, ya que no tenía nada de sueño.
-Da lo mismo. Lo importante es que ahora estás aquí.- acarició mi mejilla y me besó rápido.- Y estamos solos. Podemos hacer lo que queramos.- Comenzó a besar mi cuello. Apreté los ojos con fuerza tratando de exorcizar el recuerdo de Gastón haciendo lo mismo.
-Diego...- susurré- ¿Y si llegan tus papás?-
-No van a llegar. Fueron a la playa por el día. Van a llegar en la noche. Tranquila.- continuaba besándome y recorriéndome y yo solo conseguía recordar esas mismas situaciones vividas en la habitación continua.

Al final si nos acostamos. Debía admitirlo, Diego era apasionado y sabía bien donde tocar. Pero de todas formas, estuve ahí como si no estuviera realmente. Ausente todo el rato. No podía evitarlo.

-Hace falta un cigarro ahora.- dije mientras apoyaba mi cabeza en su pecho.
-¿El típico cigarrito post-sexo?-
-Ese mismo. Suelo fumar luego de acostarme con alguien. Es una especie de costumbre arraigada.-
-Si quieres vamos al patio. No podemos fumar acá adentro.-
-No. Mejor durmamos.-

Y nos quedamos dormidos abrazados, como la primera vez que hablamos.


---------------0----------------

Cuando abrí los ojos, Diego seguía dormido junto a mi. Miré la hora en mi celular. Las tres en punto. El estómago me rugía de hambre. Me levanté con cuidado de no despertar al cabro chico, me puse una camisa de él sin abotonar y partí a la cocina.

-Mmm...- murmuré-Como siempre, no tienen lo que yo quiero comer.-

Al final saqué un vaso de jugo y una manzana.

Me dispuse a cortar la manzana cuando sentí unos pasos en dirección a la cocina y luego una presencia cerca de mi.

-Diego, despertaste-dije sin mirar-Tengo hambre. ¿Por qué no me cocinas algo?-
-Porque Diego no sabe cocinar.-

Esa frase me dejó completamente paralizada. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo y se me aceleró el corazón. Volteé para comprobar quien era. Efectivamente, no era el pendejo.

-Gas... Gastón...- un hilo de voz fue todo lo que salió de mi garganta.


------------------------0--------------------------

-¿Qué cresta estai haciendo en mi casa, Catalina?- masculló Gastón. Su voz me dió más miedo aún.
-Yo... yo vine a ver a Diego. No sabía... se supone que tú no... él me dijo que estaba solo y yo... yo no pensé...-
-¿Y viniste a ver a mi hermano así? ¿En pelota?-
-No, no, Gastón, yo...-
-¿Qué mierda estás haciendo?¿Pervirtiendo a mi hermano chico?¿Qué chucha tienes en la cabeza?-

Entonces pude recuperar un poco mi voz.

-No, Gastón. No vine a pervertir a nadie. El Diego tampoco es ningún cabro chico. Sabe lo que hace.-
-¿Y tú sabes lo que haces? Como no te buscai a alguien de tu edad, Catalina. Él tiene quince años, ¡quince!-
-Yo no obligué a nadie a hacer nada, así que, ¿cálmate un poco porfa? Si esto a ti no te afecta en nada.-
-Obvio que me afecta! Él es mi hermano chico. Tengo que cuidarlo de las minas como tú.-
-¿Las minas como yo? A ver, ¿cómo son las minas como yo?-
Gastón se me acercó. Esa cercanía me hizo estremecer.
-Perras.- dijo simplemente.
Medité un momento. Hijo de puta, pensaba, hijo de la gran puta. Me acerqué a él para intimidarlo, pero me intimidé más yo.
-¿Sabes? el Diego debería cuidarse más de ti. Porque yo podré ser perra, pero tú eres el maricón más grande que he conocido. Y eso, querido mío, es mil veces peor que ser una perra.-

Gastón no se alejaba. Podía notar su respiración más encolerizada a cada segundo.

-¿Estás aquí para espiarme?-
Sonreí.
-¿De verdad crees que me importas tanto como para espiarte?-
Abrió la boca para decir algo, pero lo interrumpí.
-Mira Gastón, yo vine aquí a estar con Diego, porque él me gusta, me vuelve loca, me calienta, me encanta. No vine a verte a ti. Esto es solo una coincidencia muy desagradable. Pero que te quede claro, desde ahora y cada puta vez que me veas acá, que yo no vengo a espiarte ni a saber nada de ti, porque si no me importaste cuando estábamos juntos, mucho menos me interesas ahora. Por mi, puedes irte a la cresta y no volver y te aseguro que no me va a interesar en lo más mínimo, ¿te queda claro, o eres tan hueón que hay que explicarte con dibujos?-

Estábamos tan cerca que podía oler su aliento. Sus ojos expresaban lo enojado que estaba, y su respiración acelerada me daba un poco de miedo, pero no daba un paso atrás.

Bajó levemente la vista hacia mi busto y mi vientre. Seguía respirando rápido. De pronto cerró los ojos y los volvió a abrir.

-Ándate a la cresta, loca de mierda.-

Dió media vuelta para irse, pero para sorpresa de ambos, ahí estaba Diego, observándonos impasible.


-------------------0--------------------

Gastón simplemente se dirigió a su pieza sin decir nada, cerrando la puerta con tanta fuerza que retumbó por toda la casa.

Diego dirigió su mirada ante mi, pero antes de que pudiera decir algo, me adelanté.

-Por favor, no digas nada. Era obvio que cuando tu hermano y yo nos viéramos una pelea iba a estallar. Pero no es necesario hablar de eso.-
-No sé que decir. No caché nada. Yo llegué al final. Con suerte conseguí escuchar "loca de mierda".-
-Mejor así.-

Dirigí la vista al suelo. Diego me abrazó.

-Ya, Cata. Tranquila. No te apenes por nada de lo que Gastón diga. Siempre dice cosas hirientes cuando está enojado, pero en el fondo, no las siente. Como todos.-
-Como todos- repetí.

Me dejé envolver por el abrazo cálido de Diego. Sus brazos me reconfortaron de verdad. Esta vez no tuve que fingir nada, simplemente me entregué al cariño que este pendejo me ofrecía.

martes, 3 de febrero de 2015

-Tienes una mancha en la cara.- fue lo único que conseguí escuchar. Estaba tan absorta en mis pensamientos que prácticamente, no estaba ahí. Me había teletransportado a un lugar muy muy lejano, en el que Gastón, Amanda y Diego no existían. Bueno, tal vez Diego si, pero solo para entretenerme un rato. Llevábamos un par de semanas saliendo y besándonos como si fueramos una verdadera pareja de enamorados. Excepto que yo no sentía absolutamente nada y él, al parecer, cada vez sentía más.

-Cata- Diego movió mi brazo con delicadeza, casi con miedo. -¿Estás bien? ¿te pasa algo?-

Miré hacia el cielo. Obvio que me pasaba algo. Me pasaba que existía, y existía donde no quería estar. Con quienes no deseaba estar.

-Salgamos de acá, por favor. Vamos a un lugar más tranquilo.- dije tomando su mano y sacándolo de la heladería en la que estábamos. Pobre mesero, ni cuando se dió cuando nos fuimos.

Caminamos en silencio por calles pequeñas y desconocidas, hasta llegar a un edificio abandonado cerca del metro Salvador.

Sonreí.

-Ven.- dije tomando a Diego de la mano. Él se quedó quieto.
-No. ¿Y si hay alguien adentro?-
-No hay nadie, vamos.-
-Pero Cata...-
-Diego, no seas tan gallina. Vamos.-

Al final lo convencí y entramos. Subimos una escalera llena de polvo, rodeada de paredes con diversas frases en ellas. Una me llamó mucho la atención. Decía "Vamos a darnos indiscriminadamente a todo lo que sugieren nuestras pasiones, y siempre seremos felices... La conciencia no es la voz de la naturaleza, sino sólo la voz de los prejuicios." Apreté la mano de Diego.

Subimos hasta llegar al tejado. El lugar estaba completamente desierto. Al abrir la puerta, unas palomas volaron asustadas. Cerré los ojos y me dejé envolver por la calma. 

-Te dije que estaba vacío.-
Diego rió.
-Ven- extendió sus brazos.

Nos acurrucamos en el suelo algo polvoriento del sitio, mirando hacia las nubes anaranjadas por el sol que poco a poco comenzaba a ocultarse.

-Que bello todo esto.-
-Todo, todo esto. Si, muy bello.- besó mi nuca. Algo en ese beso me hizo tiritar. Sentir una especie de cosquilleo en mi estómago. Tomé su cara y besé sus labios, esta vez mucho más segura que las otras veces. Sentí su respiración volverse más intensa y, sorprendentemente, la mía se aceleró también. Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda, mientras las mías se paseaban por su cabello. Mordí su labio y me acomodé encima de él, lo que le provocó un pequeño gemido. 

-Cata- dijo con sus labios aún pegados a los míos. -Cata, espera.-

Lo miré directo a los ojos.

-Tranquilo-susurré-yo me encargo de todo.-

-----------------o------------------

Cuando desperté, eran las diez de la mañana de un día viernes. Me levanté sin saber bien a donde ir o que hacer. Recorrí mi casa en busca de un panorama, pero estaba todo vacío y desolado. Miré mi celular. Los mensajes de Diego llovían preguntando en donde estaba, como estaba, si me pasaba algo, que quería verme, que me extrañaba. 

Suspiré. Hace más o menos una semana, le había quitado la virginidad. Fue un momento lindo, duró poco, como las primeras veces. Seguro que para él había sido un momento más que especial. Pero para mi no había sido gran cosa. No había sentido mucho. Y me sentía mal por eso. Me sentía mala, sucia, manipuladora. No sabía como reaccionar. No sabía si debía seguir adelante con esto o detenerme mientras podía. Mientras no sentía nada por él.

Decidí llamarlo.

-¡Hasta que apareciste!- la alegría en su voz era palpable. Apreté los ojos con fuerza.
-Si, perdona. Estuve ocupada. Mi mamá... tuvo unos problemas y yo...-
-No tienes que darme explicaciones. No te las he pedido.-
-Perdón, es que me sentía mal.-
-Deja de pedir perdón. No has hecho nada malo.-
-Bueno.-
-...-
-...-
-...¿Estás bien? Te noto extraña.-
-Estoy algo cansada.-
-Si quieres hablamos cuando te sientas mejor.-
-No, estoy algo cansada. Pero de estar en mi casa.-
-Oh. Si quieres puedes venir a la mía. Mis papás no están. Podemos hablar.-
-¿Cuándo? ¿Ahora?-
-Si quieres...-
-Dale, voy.-
-¿Recuerdas como llegar?-
-...-
-¿Cata?-
-Si, si me acuerdo. Nos vemos.-