martes, 3 de febrero de 2015

-Tienes una mancha en la cara.- fue lo único que conseguí escuchar. Estaba tan absorta en mis pensamientos que prácticamente, no estaba ahí. Me había teletransportado a un lugar muy muy lejano, en el que Gastón, Amanda y Diego no existían. Bueno, tal vez Diego si, pero solo para entretenerme un rato. Llevábamos un par de semanas saliendo y besándonos como si fueramos una verdadera pareja de enamorados. Excepto que yo no sentía absolutamente nada y él, al parecer, cada vez sentía más.

-Cata- Diego movió mi brazo con delicadeza, casi con miedo. -¿Estás bien? ¿te pasa algo?-

Miré hacia el cielo. Obvio que me pasaba algo. Me pasaba que existía, y existía donde no quería estar. Con quienes no deseaba estar.

-Salgamos de acá, por favor. Vamos a un lugar más tranquilo.- dije tomando su mano y sacándolo de la heladería en la que estábamos. Pobre mesero, ni cuando se dió cuando nos fuimos.

Caminamos en silencio por calles pequeñas y desconocidas, hasta llegar a un edificio abandonado cerca del metro Salvador.

Sonreí.

-Ven.- dije tomando a Diego de la mano. Él se quedó quieto.
-No. ¿Y si hay alguien adentro?-
-No hay nadie, vamos.-
-Pero Cata...-
-Diego, no seas tan gallina. Vamos.-

Al final lo convencí y entramos. Subimos una escalera llena de polvo, rodeada de paredes con diversas frases en ellas. Una me llamó mucho la atención. Decía "Vamos a darnos indiscriminadamente a todo lo que sugieren nuestras pasiones, y siempre seremos felices... La conciencia no es la voz de la naturaleza, sino sólo la voz de los prejuicios." Apreté la mano de Diego.

Subimos hasta llegar al tejado. El lugar estaba completamente desierto. Al abrir la puerta, unas palomas volaron asustadas. Cerré los ojos y me dejé envolver por la calma. 

-Te dije que estaba vacío.-
Diego rió.
-Ven- extendió sus brazos.

Nos acurrucamos en el suelo algo polvoriento del sitio, mirando hacia las nubes anaranjadas por el sol que poco a poco comenzaba a ocultarse.

-Que bello todo esto.-
-Todo, todo esto. Si, muy bello.- besó mi nuca. Algo en ese beso me hizo tiritar. Sentir una especie de cosquilleo en mi estómago. Tomé su cara y besé sus labios, esta vez mucho más segura que las otras veces. Sentí su respiración volverse más intensa y, sorprendentemente, la mía se aceleró también. Sus manos comenzaron a recorrer mi espalda, mientras las mías se paseaban por su cabello. Mordí su labio y me acomodé encima de él, lo que le provocó un pequeño gemido. 

-Cata- dijo con sus labios aún pegados a los míos. -Cata, espera.-

Lo miré directo a los ojos.

-Tranquilo-susurré-yo me encargo de todo.-

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Cuando desperté, eran las diez de la mañana de un día viernes. Me levanté sin saber bien a donde ir o que hacer. Recorrí mi casa en busca de un panorama, pero estaba todo vacío y desolado. Miré mi celular. Los mensajes de Diego llovían preguntando en donde estaba, como estaba, si me pasaba algo, que quería verme, que me extrañaba. 

Suspiré. Hace más o menos una semana, le había quitado la virginidad. Fue un momento lindo, duró poco, como las primeras veces. Seguro que para él había sido un momento más que especial. Pero para mi no había sido gran cosa. No había sentido mucho. Y me sentía mal por eso. Me sentía mala, sucia, manipuladora. No sabía como reaccionar. No sabía si debía seguir adelante con esto o detenerme mientras podía. Mientras no sentía nada por él.

Decidí llamarlo.

-¡Hasta que apareciste!- la alegría en su voz era palpable. Apreté los ojos con fuerza.
-Si, perdona. Estuve ocupada. Mi mamá... tuvo unos problemas y yo...-
-No tienes que darme explicaciones. No te las he pedido.-
-Perdón, es que me sentía mal.-
-Deja de pedir perdón. No has hecho nada malo.-
-Bueno.-
-...-
-...-
-...¿Estás bien? Te noto extraña.-
-Estoy algo cansada.-
-Si quieres hablamos cuando te sientas mejor.-
-No, estoy algo cansada. Pero de estar en mi casa.-
-Oh. Si quieres puedes venir a la mía. Mis papás no están. Podemos hablar.-
-¿Cuándo? ¿Ahora?-
-Si quieres...-
-Dale, voy.-
-¿Recuerdas como llegar?-
-...-
-¿Cata?-
-Si, si me acuerdo. Nos vemos.-



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