sábado, 5 de septiembre de 2015

Diego y yo nos volvimos, con el pasar de las semanas y los meses, dos personas inseparables. No concebíamos los días sin el otro. Cuando no nos veíamos, hablábamos por teléfono, whattsapp, facebook. Todo el día, todos los días, estábamos conectados.

Los días en su casa parecían no tener fin jamás. En su habitación, acostados en su cama, mirándonos, sin decir una palabra. Transmitíamos todo con la vibración de estar tan cerca. Sin tocarse ni nada. Esa nada, que era todo a la vez.

-Te amo...- susurró Diego a mi oído una tarde de Septiembre. Mi cuerpo se tensó completamente, mientras el apretaba mi mano, expectante ante una respuesta satisfactoria.

Yo fingí estar dormida.

Apoyó su cabeza en mi cuello y continuó durmiendo.

Sus papás casi nunca estaban, lo que era bastante cómodo para mi pues así no tenía que verle la cara a su madre ni darle explicaciones de por qué había pasado desde un hermano al otro con tanta facilidad. Solo estaba él y Gastón. Este último por supuesto solía evitarme a diario. Me saludaba y no volvía a dirigirme la palabra.

Pero una tarde nos topamos en la cocina. No había vuelta atrás. Diego estaba en la ducha. Yo entré distraída en el lugar, tarareando una canción de uno de mis grupos favoritos.

-Love of lesbian...- murmuró Gastón.
Sonreí levemente.

-Tú los conoces tanto como yo, ¿o no?-
-Yo diría que la que sabes más sobre ellos eres tú.-

Se posó frente a mi, con la mirada desafiante pero a la vez tranquila, lo cual me estremeció hasta el fondo de mi ser.
Lo observé de a poco, con calma, como si quisiera dibujar su silueta en mi mente. Aunque si cuerpo ya estaba más que recordado en mi cabeza.

-Siempre voy a recordar lo primero que me dijiste. Fue sobre esta banda.-
-"¿Los has escuchado alguna vez?"-
Un nudo se formó en mi garganta.
-"Son mi banda favorita."-
Gastón sonrió.
-"Gastón."-
-"Catalina."-

Podía sentir su respiración más agitada. Mi corazón latía a mil por segundo.

-Cata... esto es tan...-
-No lo digas, Gastón. Por favor, no lo digas.-
Me acerqué a él con cautela, tanteando su reacción. Se quedó quieto, como petrificado.

-Cata...-
-Shh...- susurré.
-la Amanda...-
-y el Diego...-
Entonces caí en la cuenta. Diego me amaba.
Me detuve de forma súbita. Con miedo, incertidumbre. Gastón dió un paso atrás, con la cabeza baja.

Respirábamos agitados, asustados, tímidos.

Escuchamos, con sobresalto, la puerta del baño.
Huí de la cocina como una pequeña asustada.

Esa noche me quedé ahí. Los papás de Diego estaban fuera de Santiago, por lo que Amanda y yo constantemente estábamos en esa casa, con las mismas razones. Imaginar que en la habitación continua sucedía lo mismo que en la que me encontraba yo me llenaba de repugnancia.

Pero esa noche, Amanda estaba enferma. Se había quedado en su casa. Escuché a Gastón decirle que la extrañaba mucho y que ojalá se mejorara pronto. Que la iría a ver mañana. Que la amaba.
Diego y yo nos fumamos unos pitos y luego tuvimos sexo escuchando a Crystal Castles. Se quedó dormido profundamente. Yo me levanté. No podía dormir. Prendí el televisor del living. Nada. Me di vueltas por la casa buscando algo que hacer. Miré la habitación de Gastón. La luz estaba encendida. Me quedé pensando en que hacer. En eso el abrió la puerta.

-Escuché ruido.- dijo al verme.
-No puedo dormir...-
-¿Tienes insomnio otra vez?-
-No sé. Diego se mueve mucho tal vez.-

Gastón miró hacia todos lados sin decir nada.

-Ven. Yo tampoco puedo dormir.-

Entré a su pieza con terror. Sentía que no estaba ahí hace siglos. Me senté en la cama, sin saber que decir.

-Estaba viendo una película. Pero me aburrió.-
-¿Cuál?-
-Lucy-
-Scarlet Johanson es capaz de aburrir a cualquiera. Además, esa es muy mala. ¿Sabes cuál es buena de ella?-
-¿Her?-
-¡Esa es bellísima!-
-¿Porque no sale ella?-
-Y porque la trama es muy extraña. Poco investigada.-
-Yo te dije que la vieras.-
-Cuando la vi no pude dejar de pensar en ti.-
-¿De verdad?- me miró extrañado.
-Si... era el hecho de extrañarte tanto, supongo.-
-¿Cuánto tiempo me extrañaste?-
Se hizo un silencio. Miré hacia el suelo y luego levanté la vista directo hacia sus ojos, algo fría.
-Te sigo extrañando.-
No separó sus ojos de los míos.
-¿y Diego?-
-Diego es una gran persona. No niego que me gusta, mucho.-
-...¿y yo?-
-¿Tú qué?-
-¿Qué soy para ti?-
-Supongo que lo mismo que yo soy para ti.-
Se produjo otro silencio, algo incómodo.
-A la Amanda la adoro.-
-No te lo pregunté.-
-Quería que lo supieras.-
-¿Y de qué me sirve saber eso? ¿Qué intentas decirme?-
-Nada. Solo que la adoro.-
-ah...-
-...-
-¿La amas?-
-...-
-Gastón...-
-Puta, no sé, ¿ya?-
-Te entiendo. Tampoco sé si amo al Diego.-
-Deberías. El Diego es seguramente, la mejor persona con la que has estado.-
-¿Y tú?-
-Tú sabes que yo soy una mierda.-
-¿Por qué lo dices?-
-Porque siempre lo he sido- se paró de la cama, algo exhaltado-lo he sido con todas las minas con las que he estado. Lo fui contigo.-
-Si, pero eso es pasado. ¿Por qué sigues pegado en eso?-
-No es solo eso, Cata. Tú no entiendes. Últimamente he hecho cosas que no debería.-
-¿Te cagaste a la Amanda, hueón?- dije, para mi asombro, muy enojada. Casi herida por pensar que alguine le hubiera hecho daño a mi amiga.
-No, no. He tenido oportunidades, pero no lo he hecho.-
-...-
-Hasta ahora.-
-¿Hasta ahora?-
Se acercó a mi en silencio. Yo me quedé quieta, mirándolo fijamente a los ojos. Se sentó a mi lado. Me miró con calidez, como solía observarme en las tardes en esa misma habitación, sin que nadie nos molestara.

Posó su mano en mi mejilla. Yo cerré los ojos, disfrutando esa caricia que tanto había esperado.

-Hasta ahora... que apareciste de nuevo en mi vida.-

Mi corazón se heló. Me quedé petrificada. No sabía que decir, ni que hacer. Con suerte conseguía respirar.

-Cata, no sé que me pasa. No sé que estoy haciendo. Pero siento esto. Esto que sentía antes por ti. Esta incertidumbre sin compresión alguna. Esto que tanto me hizo odiarte.-

Mi respiración agitada estaba en sincronía con la suya.
Continuaba sin moverme.
Gastón comenzó lentamente a acercase a mi, como aquella primera vez que nos besamos en un parque.
Finalmente, sus labios se encontraron con los míos. Con toda mi boca, mis manos, su pelo, sus manos, mi espalda, mis piernas, las suyas. Todo él y toda yo compenetrados en un solo ser.
Me tomó en brazos y me puso debajo suyo. Yo tocando cada parte de su cuerpo, camino conocido. Saboreando sus besos, su cuello. Su respiración y la mía.

Y Diego en la pieza de al lado.
-No...- susurré.
Gastón hizo caso omiso.
-Gastón- dije-No.-
Él me ignoraba.
-¡GASTÓN, NO!-
Entonces pareció entender. Se sobresaltó un poco y luego se quitó de encima mío.
-¿No?- susurró agitado.
-Diego... no...- fue todo lo que pude decir antes de pararme, abrir la puerta y refugiarme rápido en los brazos de Diego, que despertó un poco.
-¿Dónde estabas? preguntó somnoliento.
-Aquí-susurré- siempre he estado aquí.-


Diego salió temprano ese día de la casa, rumbo al colegio. Me dejó desayuno servido y se fue. Sabía que yo no me iría a mi casa y lo esperaría ahí hasta que volviera.
Salí a trotar. Volví. Me dí una ducha en la cual pensé en todo lo que había sucedido con Gastón, y en lo que a la misma vez sucedía con su hermano. No sabía que hacer.

Salí del baño y Gastón estaba frente a mi, esperándome. Al verme solo con toalla, ladeó la cara.

-Gastón, me has visto mucho más desnuda que esto.- dije en tono burlesco, pero él estaba serio.
-Cata... lo de anoche...-
-No pasará de nuevo, lo sé.-
-...si, eso...-

Nos quedamos mirando con la cara llena de dudas, como si quisieramos preguntar mil cosas pero en verdad era solo una que no decíamos porque la respuesta nos llenaba de terror.

Gastón me recorrió con la mirada. Se mordió el labio.
No pude más. Me abalancé sobre él con apuro, tomo su cara y lo besé con tanta pasión que le costó un poco responder. Cuando lo hizo, me tomó por la espalda y me arrastró hacia su cuerpo con fuerza. Me tomó en sus brazos y me llevó hasta su habitación, donde cerró la puerta, como si tuviera miedo de que alguien nos fuera a encontrar.

Hicimos el amor como si nunca lo hubieramos hecho. Como redescubriendo nuestros cuerpos. Olvidamos a Amanda. Olvidamos a Diego. Volvimos, aunque fuera por un momento, a nuestro tiempo que nunca debió terminar.

Nos quedamos abrazados la tarde entera, casi sin hablar. Las palabras sobraban. Él acariaba mi pelo. Yo besaba su mejilla.

Por unos instantes, no nos importó nadie.
Pero eso fue solo hasta sentir de súbito el sonido de la puerta.
Tomé la toalla y me escondí rápido en la habitación de Diego, un poco antes de que él entrara ahí.
Sonrió al verme.

-¡Hola! ¿cómo estás?-
Yo sólo sonreí y besé sus labios intentando de todas las formas posibles hacer que ese beso redimiera mi culpa.